De velitas y faroles
Hasta hace muy poco tiempo tenía la creencia de que el Día de la Inmaculada Concepción, popularmente conocido como Día de las Velitas, era una festividad latinoamericana que se celebraba de igual forma en todos, o al menos, en muchos países hispanohablantes. Para sorpresa mía, y después de escuchar opiniones y leer un poco sobre el tema, llegué a la conclusión de que esta es una celebración colombiana por excelencia y exclusividad.
No espero con esto decir que el colombiano fue quien le dio un sentido original a la noche del siete de diciembre, pues seguramente alguien podrá argumentar que fueron primero los Celtas, los Nórdicos o los Mayas quienes iniciaron este particular festejo. La misma persona podría argumentar que el origen obedece a un ritual bárbaro que fue adoptado por los cristianos y cuyo significado fue cambiado. A todo esto no me refiero.
Me refiero a que, el siete de diciembre, Día de las Velitas, pasa por Colombia; o mejor, Colombia pasa por él, dejando un rastro festivo y mágico en muchos sentidos. No pasa desapercibido, atropella la vida de quienes lo festejan y de quienes no: creyentes y ateos, blancos y negros, mulatos y mestizos, y hasta hace poco me enteré, que incluso para muchos extranjeros resulta una festividad que exige una particular contemplación.
Las velas que adornan las calles colombianas queman diferentes mensajes según quien las haya encendido, algunos encendieron velas por el amor, otros por la felicidad, algunos por la unión familiar, varios lo hicieron por la paz, quizá en algunos hogares se encendieron velas por ese familiar que desapareció o que fue asesinado, en varios municipios se encenderán velas en honor de las víctimas de una masacre que todavía no termina, en fin, la mecha se va consumiendo con el fuego de la esperanza de un colombiano que sueña.
Pareciera también que decidimos desde antaño poner las velas en los andenes de nuestras casas, y esperar que, quizá, algún día estas tengan la fuerza suficiente para calentar el aire de nuestras cuadras, arrancarlas del suelo y elevarlas por los aires; quizás soñamos con una Colombia que vuela de la mundanidad y se une a algo sublime.
Encendemos la vela también con la esperanza de que no se apague nunca, y al verla agonizar, muchos optan por encender otra con el fin de reemplazar a la que fallece, y así sucesivamente, hasta infinito, hasta siempre. Es por esto que se prenderán velas cada año: para que reemplacen a las del año anterior.
Algunos decidieron que el cuerpo de la vela no era suficientemente bello y le pusieron un vestido: un farol, y lo colgaron y exhibieron en las barandas y techos; y le dieron a la vela un aspecto de realeza impoluta que pareciera dotarla de una protección impenetrable, para que la magia no se salga y que lo mundano no la apague. Estos sí que soñaron con fuerza con la idea de que las velas, ahora dentro de los faroles, calentaran lo suficiente el aire como para que las casas salieran volando, o flotando.
Sinceramente no sé cuál es el significado original de la víspera de la Inmaculada Concepción, así como también desconozco su origen, que sí, probablemente fue una transformación de tradiciones extranjeras antiquísimas. Pero sí busco encontrar su significado en la historia moderna de Colombia, la forma en la que festejamos y nos reunimos, y sobre todo, la solemnidad para guardar este tipo de tradiciones, no son más que la materialización de deseos que salen del inconsciente de las selvas, las cordilleras, los páramos, los ríos y los mares.




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