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Ingrid

  • Foto del escritor: Esteban Jerez
    Esteban Jerez
  • 7 ago 2022
  • 3 Min. de lectura

Mi mente se ocupó toda la noche en los asuntos ocurridos durante el día. No pude dormir. Daba vueltas en la cama de manera desesperada tratando de descansar un poco, pero mi mente, empeñada en traer a mi memoria los malos recuerdos del ridículo y la ansiedad, no me dejaba descansar. Llegué a un punto en el que no sabía si estaba dormida, y soñaba con los asuntos, o si estaba despierta y mis pensamientos eran producto de mi consciente. La verdad la línea era tan difusa que no podría decir si estaba dormida o despierta.


En ese extraño estado en el que una sabe en dónde está, pero quisiera estar en otro lugar; en el que una sabe qué hace, pero quisiera estar haciendo otra cosa, en el que una cree que descansa, pero en realidad está más agotada que cualquier otra noche, me ocurrió una extrañeza que, como ya dije, no podría decir si fue real o no pues no confío en el estado en el que estaba.


Escuché, muy claro, mi nombre en la habitación contigua. Era tan claro que podía sentir el ritmo de la voz, su respiración, su timbre, sus modos, podía escuchar cuando respiraba para tomar aire y lo dejaba salir con el sonido de mi nombre “Ingrid”, decía, “Ingrid” decía más fuerte, varias veces. Como si esperara que yo le contestara, como si insistiera esperando mi respuesta.


Aunque podía escuchar la voz con total claridad, como si estuviera hablándome al oído, no lograba reconocer el timbre de una voz conocida, pero tampoco podría decir que era una voz ajena a mi espíritu, porque la sentí familiar: como de otra vida u otro tiempo, “Ingrid”, llamaba, “Ingrid”, no se cansaba. Era una voz tierna que no atemorizaba mi alma, incluso, fue esa voz lo único que pudo despejar mi mente y, por un instante, hacerme olvidar de todas las cosas que me atormentaban y no me dejaban dormir, “Ingrid” decía, y lo decía, con la intención con la que se dice “Te amo”.


Trajo paz a mi mente. Cerré los ojos y entonces la voz se convirtió en arrullo, en caricia, en cariño, la voz se convirtió en pacificador, en tranquilizador. “Ingrid”, me arrullaba,” Ingrid”, me calmaba; aunque yo no respondía a su llamado la voz no se desesperaba, sino que seguía repitiendo mi nombre con paciencia, sin afanes, sin apuros.


Yo descansaba. No sé si dormía, pero sí sé que la voz se llevó rápidamente toda la opresión y toda la angustia. Me encontré de pronto en un paraíso. Acostada, con la mente en blanco. Me sentía de nuevo niña, sin deudas, sin errores cometidos. Sentía que las sábanas besaban mi piel y la mantenían tibia. Todo mi cuerpo reposaba. Boca arriba. “Ingrid”. Era yo, a quien la voz quería, a quien la voz amaba. “Ingrid” el arrullo, “Ingrid”, el consuelo.


Desperté por la mañana de un descanso profundo y con el corazón en la mano. Buscaba amar a quien me amaba, buscaba responder a quien me llamó toda la noche, pero entonces fue cuando vino la duda a mi mente: no estaba segura de haber oído aquella voz, o al menos, no en el plano de lo consciente. Quizá en un sueño, quizá en otra dimensión, pero la paz era real.


No pudiendo descifrar la duda traté de dormir otra vez para ver si la voz aparecía.


Eye-level view of a person reading a book in a cozy setting

 
 
 

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