Una oración
Ella me dijo, Señor, que le parecía injusto que tú, un Dios bueno, enviara a los malvados al
infierno por toda la eternidad. Que le parecía un castigo exagerado, y me dijo, pensando
con rapidez, que ningún crimen merecía una condena que durara más de lo que dura esta vida. Y acudió, como hacen muchos ateos, a la paradoja de Epicuro: ¿Por qué un Dios omnipotente y bueno permite la maldad? Si no puede detenerla entonces no es
omnipotente, y si no quiere detenerla, entonces no es bueno. Me dijo, también, que si
carecía de alguno de estos dos atributos entonces no era Dios.
Ella hace bien al preguntarse esto, pero cae en el error de asumir que tú, un Dios
que es omnipotente y bueno, debe usar sus atributos para satisfacer las necesidades de
una humanidad que se denigra todos los días, que corrompe los lugares que habita, que
asesina a sus hermanas, que tortura a los animales que tú creaste y que, sin lugar a dudas, destruye y devora sin ninguna contrición. La pregunta que ella debería hacer es: ¿Por qué tú —un Dios omnipotente y bueno— no destruye a esta humanidad?
Cada bocanada de aire que respiramos la robamos de ti y la expiramos
transformada, y yo sé, porque tú me lo enseñaste, que cuando uno toma algo y no lo
devuelve está robando. Gracias te doy porque tú, en tu misericordia, usas los desechos de nuestro aliento para que las plantas respiren. Ellas, a diferencia de nosotros, no roban,
sino que multiplican, porque expiran oxigeno y vapor de agua.
¿Por qué tendrías tú que usar tus atributos para beneficiar a los ladrones? Es cierto
que eres omnipotente y bueno, pero no es cierto que estés obligado a beneficiarnos con
tus atributos: eres soberano.
Lo que más me sorprende es que el Sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, que
los niños siguen aprendiendo a gatear y que los viejos todavía pueden sonreír, que todavía podemos enamorarnos y que las selvas y montañas siguen dándonos aire para respirar.
Esto no lo entiendo, Señor, y es lo que quiero que ella se pregunte: ¿Por qué nos amas?




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