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Catalina no vive aquí

  • Foto del escritor: Esteban Jerez
    Esteban Jerez
  • 29 jun 2021
  • 3 Min. de lectura

Me acosté con el televisor encendido y quedé en un sopor inducido. Y digo que era inducido porque, deseando permanecer en un estado entre lo consciente y lo inconsciente, hice todo lo que estuvo a mi alcance para irme al sueño sin perder el control. Por eso encendí el televisor: para soñar (o creer que soñaba) con los diálogos de la novela mientras el ruido del aparato no me dejaba descansar; por eso me acosté en un sofá pequeño: para sentir que tenía una superficie blanda en la cual reposar mientras la incomodidad de su tamaño me hacía dar vueltas.


Estando en eso, sonó el citófono. La primera vez que sonó no lo oí, o mejor, el sueño me hizo ignorarlo, y no caí en la cuenta de que había sonado esa primera vez sino hasta que estuve totalmente despierto. La segunda vez que sonó ya fui consciente de que

había una llamada entrando, pero quise ignorarla pensando en que no debía ser nada

importante. La tercera vez que sonó me despertó, pero no quedé pasmado sino más bien atontado. Pensé entonces: «¡Esto ya ha timbrado tres veces y nadie contesta!».


En la torpeza de ese despertar prematuro, y apresurándome a ir a la cocina para

contestar, levanté la pierna por encima del cuerpo, como dibujando un arco, y golpeé con

fuerza una figura de cerámica que estaba en la mesa del centro de la sala. Sentí un rasguño profundo en el talón, un desgarro. Como si alguien hubiera raspado con lentitud y sevicia mi piel con una cuchilla.


La forma de la cerámica era la de una mujer vestida como dama antigua: así les dicen en las tiendas de cerámica. No era la primera vez que mi pie golpeaba la cerámica: cuando yo era niño ya le había quitado la cabeza de una patada. Le pegué la cabeza con pegamento, pero no quedó igual: se notaba la grieta en el cuello de cerámica. Supongo entonces que la muñeca quiso vengarse, y por eso, tantos años después, me rajó el pie.


No hubo tiempo de ver la herida porque el citófono seguía sonando. Acomodé

la cerámica y corrí a contestar. «Aquí abajo está la señorita Catalina Rojas», me dijo el guarda del edificio, y yo no sabía quién carajo era Catalina Rojas. Le pedí que me repitiera el nombre y él lo repitió. Le dije que no conocía a nadie con ese nombre y le pregunté que a quién necesitaba. El celador titubeó y después de unos segundos colgó. Fue ahí cuando desperté por completo.


Colgué el citófono con muchísimo enojo. Encendí la luz y vi el camino de sangre que

me seguía, y me vi el talón lleno de sangre. Corrí al baño y justo antes de entrar mi padre me preguntó que quién estaba afuera. Yo no recuerdo exactamente lo que le contesté. Quizá le dije que nadie o que se habían equivocado, pero entre más lo pienso más creo que le dije: «El guarda, que es todo tonto».


Me limpié la herida con papel higiénico mojado. Cuando la hemorragia se detuvo volví

a la sala a limpiar la sangre y vi a la dama antigua de cerámica en el borde de la mesa. La

acomodé con la devoción con la que los católicos acomodan las figuras de sus santos, y lo hice por respeto a mi mamá, a quien pertenecía la figura, no porque la dama antigua me gustara. Y mientras lo hacía pensaba en que ojalá le hubiera dolido cuando, siendo niño, le había quitado la cabeza, y en que ojalá le hubiera dolido la patada que le acababa de dar.


Yo no sabía qué me dolía más: si la herida en el pie o que todo había ocurrido porque

el guarda no se fijaba en el apartamento al que llamaba. Después pensé en que tal vez el

guarda no tenía la culpa, sino que Carolina Rojas le había dicho mal el apartamento al que tenía que anunciarla. Y eso me pareció lo más estúpido: «¡Cómo no se va a saber esa mujer el apartamento para el que va!». Era culpa de todo y de todos: de la cerámica, del citófono, del guarda, de Carolina Rojas y de mi mamá. Sobre todo de mi mamá.


—Esa muñeca hay que botarla. Está vieja, fea y se ha caído mil veces —le dije a mi

mamá al día siguiente.


—Sí. Cómpreme otra y la cambiamos. —me contestó ella.



 
 
 

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